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Turismo

La Cumbrecita: un lugar para disfrutar en las sierras de Córdoba

Un rincón tirolés, que se vuelve peatonal durante el día, con todo el aire libre que hoy necesitamos para viajar seguros y tranquilos.

Partimos desde Villa General Belgrano por la RP 273 hacia los faldeos de las Sierras Grandes. A la hora de viaje, aparecen en la lejanía los puntiagudos techos a dos aguas estilo alpino de La Cumbrecita. Llegamos hasta el puente de madera sobre un río suave y cristalino que da acceso al pueblo y un informante nos frena para chequear si tenemos reserva de hotel: quien viene de paseo en el día debe dejar el auto en el estacionamiento antes de cruzar. Entre las 10 y las 18 horas, el centro histórico –es decir, la mayor parte del pueblo– es peatonal.

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Cruzamos el puente y la primera impresión es que en algún rincón suizo, una aldea desapareció del mapa por un sortilegio para reaparecer en un bosque de pinos, robles y abedules en el centro de la provincia Córdoba. A la derecha veo un maibum o Arbol de Mayo, una tradicional estatua que simboliza un pino decorado con imágenes de hombres y mujeres en trajes típicos y banderas de las colectividades en este pueblo de 1.400 habitantes: alemana, suiza, austríaca, española, húngara, danesa, italiana y argentina.
Avanzamos hacia nuestra cabaña por las calles de ripio. No hay cuadrícula urbana, sino caracoleos adaptados al terreno y a los árboles gigantes. Todos suelen ir caminando a todos lados y se respira silencio. El espíritu del pueblo se define por el bosque y una arquitectura con paredes de piedra a la vista, techos triangulares y jardines muy floridos. La madera barnizada es el elemento clave de la decoración en techos, balcones, ventanas, carteles y canteros con verbenas blancas y petunias violetas.

Primeros pobladores

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Los orígenes de La Cumbrecita se remontan a 1934, cuando el berlinés Helmut Cabjolsky compró 500 hectáreas para una casa de fin de semana: quiso suplir a su añorado pueblito Berchtesgaden, adonde solía ir a descansar. Así surgió la primera casa alemana –hoy Hotel La Cumbrecita– y luego hizo otra para huéspedes. Más tarde lotearon terrenos con una condición en el boleto de compra-venta: solo se podrían levantar casas de estilo alpino y a quien se apartara de la regla, se le devolvería la plata del terreno restándole el precio de la demolición. Solo se acercaron a vivir –en los primeros años– personas de origen centroeuropeo con las religiones católica, protestante y judía. Para albergar esa diversidad, se levantó una hermosa capilla ecuménica. Es tan pintoresco este pueblo, que hasta la comisaría parece salida de un cuento de hadas con flores y balcones de madera.
La idea el pueblo peatonal surgió en 1996, cuando el técnico en turismo Pablo Sgubini llegó desde Buenos Aires con su esposa rumbo a Perú. El viaje fue corto: solo llegaron hasta aquí. Instalados en una carpa, consiguieron una máquina de escribir y redactaron el proyecto de convertir a la aldea en peatonal. La comuna lo aprobó de inmediato, a él lo nombraron director de turismo y se quedaron a vivir.

Aroma a verde

Nos instalamos y salimos a caminar por el pueblo inserto en un bosque y surcado por tres arroyos con peces a simple vista. Las sombreadas casas están muy separadas entre sí a medida que nos alejamos del centro. Coloridas campanas hacen de timbre y en los jardines veo colibríes de vibrante aleteo, pájaros carpinteros y zorzales negros de pico naranja. Desembocamos en la Plaza del Ajedrez, un tablero de 3×3 m con piezas de acero de 40 cm de alto (hay que pedir las llaves del depósito de las piezas en el centro de informes turísticos). Entre la densa vegetación de lianas y helechos aparece una familia a caballo con dos niños, guiados por un baqueano de la zona que se dedica al turismo. El otoño ha enrojecido el paisaje y caminamos a la vera del arroyo Almbach para recostarnos en playitas como La Olla, con su cascada y piletón natural con truchas. 

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Al tercer día de calma el cuerpo pide acción: salimos con Juan Manuel Busaniche, guía de montaña formado en espeleología. Quisiéramos hacer la excursión al río subterráneo –es posible en otoño pero sin entrar al agua– atravesando una caverna entre gigantes bloques de piedra con el agua a la cintura en un tramo de 80 m (forma parte de un trekking de 10 km de largo en siete horas). Pero optamos por dejarla para otra oportunidad.
Hacemos en cambio otra a La Lagunita, un hermoso espejo de agua extrañamente alto, a 2.100 msnm. Salimos por la mañana para subir a las sierras atravesando viejos puestos de campo de familias serranas que crían chivos desde hace más de un siglo.
Durante seis horas recorremos pastizales amarillentos de la Pampa de Achala hasta un paisaje de piedras gigantes de las que mana agua cristalina, llenando un dique natural que se rebalsa por un costado. Almorzamos en el desolado paisaje sobre una roca con vista panorámica y regresamos a La Cumbrecita. Son 26 km –ida y vuelta– y 12 horas de caminata por senderos que solo un guía puede identificar.

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Tirolesa

El cuarto día lo dedicamos al parque temático Peñón del Aguila con un pase multiaventura para tirarnos por tirolesas con cinco tramos y 1.200 m de largo, que cruzan una quebrada junto a una cascada. Luego tomamos lecciones de escalada en una palestra artificial y practicamos rappel en la roca y arborismo (caminar por puentes colgantes en el estrato superior del bosque). Allí mismo almorzamos en un deck de altura al aire libre un plato de gulasch de jabalí con spatzle y cerveza artesanal. Por la tarde efectuamos una caminata por el parque y practicamos arco y flecha.
El último día lo dedicamos a un trekking hasta Villa Alpina, un poblado mucho más pequeño que La Cumbrecita.
Salimos por un antiguo sendero de arrieros y a mitad de camino Juan Busaniche nos muestra un suelo de roca agujereado: morteros cavados por aborígenes comechingones. Luego nos damos el gusto ver un río subterráneo encajonado 20 m más abajo de donde estamos parados. Atravesamos arroyos a los saltitos, pinares y pampas de altura para almorzar junto al río Los Reartes. Después de una minisiesta al natural, comenzamos a desandar los 9,5 km que hicimos hasta aquí. 

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Dejamos para otro viaje el trekking de 42 km hasta la cima del cerro Champaquí –muy exigente–, otro a la quebrada del Yatán con 13 horas de caminata hasta el límite del Parque Nacional Quebrada del Condorito, y varios más con los que Busaniche nos va tentando. Vamos juntos a tomar una cerveza con una torta selva negra –bizcochuelo de chocolate con crema y guindas– y miro su sitio web en el celular para tener una idea de cuánto me falta conocer: Juan tiene 15 circuitos para elegir. Debo de haber caminado unos 50 km en cinco días. Sin embargo, no he visto nada, casi nada.

Mapa de la zona

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  • Cómo llegar: desde Villa Gral. Belgrano hay 38 km pavimentados hasta La Cumbrecita. Desde Capital Federal, 790 km.
  • Actividades: el trekking a Villa Alpina cuesta $ 2.400 por persona y a La Lagunita, $ 2.800. Info: www.juanbusaniche.com. Parque temático Peñón del Aguila: www.penondelaguila.com
  • Qué comer: el chivito asado es un plato fuerte de la zona, junto con comidas centroeuropeas como carré de cerdo con chucrut.
  • Más info: www.lacumbrecita.gov.ar, Tel.: (03546) 481088 / 481010.

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