Día del Psicólogo en Argentina: una profesión nacida del compromiso y la lucha

La fecha también invita a recuperar una historia atravesada por la búsqueda de autonomía, el cuestionamiento a modelos de atención centrados únicamente en el diagnóstico y la defensa de una mirada capaz de escuchar al sujeto detrás del padecimiento.
Salud13 de octubre de 2026RicardoRicardo

Tres días después del Día Mundial de la Salud Mental, en la Argentina celebramos el Día del Psicólogo. La cercanía entre ambas fechas es una coincidencia cronológica, pero ofrece una oportunidad para volver sobre una pregunta que conserva plena vigencia: qué lugar ocupa nuestra profesión frente al sufrimiento humano y qué prácticas elegimos sostener.

Porque el 13 de octubre no recuerda solamente el nacimiento de una identidad profesional. También recuerda una lucha.

Una profesión que tuvo que conquistar su propio lugar

El Día del Psicólogo en la Argentina remite al Primer Encuentro Nacional de Psicólogos y Estudiantes de Psicología, realizado en Córdoba entre el 11 y el 13 de octubre de 1974. En la plenaria final se aprobó instituir el 13 de octubre como fecha de conmemoración de la profesión.

No fue un encuentro meramente académico. Participaron miles de profesionales y estudiantes en un momento en el que la Psicología buscaba conquistar un lugar propio dentro del campo de la salud y construir una identidad profesional cuya autonomía todavía se encontraba en discusión

Por eso, reducir la fecha simplemente al “día de una profesión” corre el riesgo de borrar parte de aquello que le dio origen.

Durante aquellos años no se discutía únicamente qué podía hacer un psicólogo. También estaban en cuestión ciertas formas de comprender la salud, la enfermedad y el tratamiento.

Los psicólogos y psicoanalistas Enrique Carpintero y Alejandro Vainer, al estudiar la historia de la Salud Mental argentina, denominaron al período comprendido entre 1970 y 1975 “el estallido de las instituciones”. Se cuestionaban el hospital psiquiátrico tradicional, las jerarquías profesionales y las fronteras rígidas entre disciplinas, mientras aparecían experiencias de comunidades terapéuticas, psiquiatría social, abordajes grupales y trabajo comunitario.

Lo que estaba en juego era mucho más profundo: qué entendemos por padecimiento y qué lugar le damos a la persona que padece.

Escuchar a la persona detrás del diagnóstico

Durante décadas, el manicomio estructuró buena parte de la respuesta social frente a la enfermedad mental. La internación prolongada, la separación de la comunidad y la fuerte verticalidad institucional convivieron, al mismo tiempo, con avances médicos que transformaron la atención de padecimientos severos.

No se trata de negar esos avances. La aparición de los psicofármacos abrió posibilidades terapéuticas hasta entonces inexistentes y determinadas indicaciones de la terapia electroconvulsiva demostraron eficacia en cuadros específicos.

El problema aparece cuando una herramienta deja de ser una posibilidad clínica y se transforma en una lógica general de intervención.

Cuando el diagnóstico reemplaza a la historia. Cuando controlar un síntoma parece suficiente y dejamos de preguntarnos quién está sufriendo, por qué y en qué condiciones vive. Artículo día del Psicólogo Frente a esa lógica comenzaron a desarrollarse otras experiencias.

El Centro Piloto de Comunidad Terapéutica del Hospital Esteves, que funcionó entre 1968 y 1971, fue una de ellas. Allí los ingresos eran evaluados por equipos en los que participaban profesionales de Psicología, Psiquiatría y Trabajo Social. Había grupos, asambleas, terapia ocupacional y distintos espacios de participación.

La palabra del paciente comenzaba a ocupar otro lugar. Creo que allí aparece algo esencial para comprender qué vino a aportar nuestra profesión.bEl psicólogo no ingresó a las instituciones únicamente para sumar una nueva técnica. También permitió introducir otra pregunta:

¿Quién es ese sujeto detrás del diagnóstico?

Preguntar por su historia, sus vínculos, su palabra, su contexto. Comprender que un padecimiento no ocurre dentro de un organismo aislado, sino en una persona atravesada por una familia, una cultura, determinadas condiciones de vida y una época.

Eso no significa negar el cuerpo ni enfrentarse a la medicina. Significa evitar que una persona quede reducida a su enfermedad.

Celebrar también es preguntarnos qué Psicología queremos ejercer

El encuentro de 1974 ocurrió en ese contexto. Miles de psicólogos y estudiantes se reunieron cuando todavía se discutía qué podían hacer los profesionales de la Psicología, cuál era su lugar en los hospitales y hasta dónde llegaba su autonomía respecto del saber médico.

La identidad profesional no nació solamente de una matrícula, una incumbencia o una legislación. También fue construyéndose alrededor de determinadas preguntas sobre el sujeto, las instituciones y el sufrimiento.

Más de medio siglo después, algunas de esas preguntas siguen acompañándonos.

La Salud Mental no pertenece exclusivamente a los psicólogos. Tampoco a los psiquiatras ni únicamente al sistema sanitario. Se construye también en las familias, las escuelas, los trabajos, los barrios y en las condiciones que una sociedad ofrece para que una persona pueda atravesar un sufrimiento sin quedar sola frente a él. Entonces, celebrar nuestro día puede significar algo más que felicitarnos entre colegas.

Puede ser una oportunidad para preguntarnos qué hacemos con la palabra de quien consulta, cuánto espacio damos a su historia frente al diagnóstico y qué ocurre cuando un sufrimiento comienza a traducirse demasiado rápido en una etiqueta.

Las formas cambian, pero algunas preguntas permanecen.

El manicomio no es solamente un edificio. Una lógica manicomial también puede sobrevivir cuando una persona queda reducida a aquello que padece, cuando una clasificación sustituye una biografía o cuando la intervención busca únicamente adaptar rápidamente a alguien sin escuchar aquello que le está ocurriendo.

Por eso, el 13 de octubre no debería ser únicamente una celebración. Es también una fecha para recordar que nuestra profesión conquistó un lugar para la palabra donde muchas veces había solamente diagnóstico; para la historia donde había clasificación; y para el sujeto allí donde podía quedar únicamente una enfermedad. Y quizá ese continúe siendo, más de medio siglo después, uno de los desafíos fundamentales de nuestra práctica.