Resiliencia: la ciencia explica por qué equivocarse fortalece la mente
Ricardo

Durante años se pensó que atravesar una caída fuerte —perder un trabajo, un proyecto que no prosperó, un vínculo que se rompió— dejaba a la persona en desventaja frente a quienes nunca tropezaron. La psicología actual discute esa idea de raíz: el tropiezo, lejos de ser un lastre, puede convertirse en el material con el que se construye una mente más fuerte.
A esa capacidad se la conoce como resiliencia, y la Asociación Americana de Psicología (APA), con sede en Estados Unidos, la define como el proceso de adaptarse de manera eficaz frente a un trauma, una tragedia, una amenaza o una fuente significativa de estrés. La misma organización aclara algo importante: ser resiliente no equivale a no sufrir. “El dolor emocional y la tristeza son comunes en quienes han experimentado grandes adversidades”, señala la entidad.
Una competencia que se entrena, no un don de nacimiento
“La resiliencia debe entenderse como una competencia que puede entrenarse y fortalecerse con práctica constante y el acompañamiento adecuado”, describe la psicóloga boliviana Tatiana Montoya, docente de la Universidad Privada Franz Tamayo (Unifranz). Según explica Montoya, no haber tenido un buen desempeño en un trabajo o en una situación puntual no dice nada sobre la capacidad real de una persona: el traspié habilita a reorganizarse, sacar una enseñanza y retomar el camino.

Las personas con mayor resiliencia, de acuerdo con distintas investigaciones, muestran niveles más bajos de ansiedad, depresión y desgaste emocional, y logran recomponerse con más rapidez después de una pérdida o un cambio abrupto.
El sostén de los demás pesa más de lo que parece
Ninguna reconstrucción emocional ocurre en soledad. Trabajos citados por la revista especializada Psychology Today muestran que quienes cuentan con una red de contención —familia, amigos, un grupo, un espacio terapéutico— tienen más chances de recomponerse después de un evento traumático o de un período de tensión sostenida. Sentirse acompañado ayuda a regular las emociones y despeja el camino para encontrar salidas.
- Escuchar el malestar en lugar de taparlo. Reconocer lo que se siente, sin juzgarlo ni apurar el trámite, es el primer paso para procesarlo.
- Buscar el aprendizaje detrás del tropiezo. El sentido de una experiencia difícil casi nunca aparece de entrada: suele revelarse con el correr del tiempo.
- Apoyarse en otros sin culpa. Una charla con un amigo, un espacio en familia o una consulta profesional funcionan como sostén, no como señal de debilidad.
- Cuidar el cuerpo para sostener la mente. Dormir las horas necesarias, moverse y alimentarse bien son gestos simples que devuelven equilibrio.
- Celebrar los avances chicos. Cada intento, por mínimo que sea, es una prueba de que el proceso sigue en marcha.
Por qué las empresas empezaron a buscar esta habilidad
El interés por la resiliencia dejó de limitarse al consultorio. En un escenario de cambios tecnológicos constantes, las organizaciones valoran cada vez más a quienes saben convertir un error en una solución. Pablo Ardaya, director nacional de Capital Humano de Unifranz (Bolivia), lo resume así: “Lo que los empleadores están buscando es gente que sepa resolver problemas. Las habilidades blandas, como la resiliencia y la adaptabilidad, marcan la diferencia en contextos complejos”.
Esa mirada coincide con la teoría de la mentalidad de crecimiento, desarrollada por la psicóloga estadounidense Carol Dweck, para quien quienes interpretan el error como una oportunidad terminan desarrollando más creatividad y mayor capacidad para resolver problemas.
Lejos de anular las dificultades, entrenar esta capacidad cambia la forma de responder ante ellas: transforma lo que parecía un freno en un impulso para seguir.



